Efectos de impacto de bala en el terreno y en los obstáculos. Completan una peana o una escena pequeña con huellas de disparo.
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Una bala que falla el blanco siempre deja algo tras de sí: una nubecilla de polvo levantada, revoco desprendido, tierra salpicada. Son precisamente esas huellas pequeñas las que dan dirección y tensión a la escena, porque sugieren al espectador desde dónde y hacia dónde se disparó. Sin ellas, incluso una figura pintada con esmero resulta una maqueta apoyada en una tabla vacía.
Las piezas están impresas en tres dimensiones, lo que les da una articulación que una pieza de molde no mantendría. Antes de pegar conviene raspar el fondo para que el pegamento agarre bien, y colocar el elemento de modo que su dirección corresponda a la posición del tirador. En color vale la pena partir del terreno del entorno: el polvo tiene siempre el tono de la tierra en la que ha caído, y solo las aristas superiores se aclaran con pincel seco. En dimensiones todo encaja con la infantería en 1:35.
Los constructores con experiencia aconsejan colocar los impactos de forma irregular y en una fila ligeramente divergente, porque una ráfaga nunca cae en un solo punto. Dos o tres elementos suelen bastar; una alfombra densa de huellas más bien satura la escena. Si la escena incluye un muro, coloque al menos un impacto en la superficie vertical: un impacto vertical y uno horizontal se ven distintos y su conjunto da profundidad al todo.
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