Treinta y cinco milímetros es una medida tramposa: parece una miniatura de juego y se comporta como una figura de colección. Todo lo que hay en esta sección son personajes de fantasía con nombre propio, cada uno con su carácter: guerreros, hechiceras, herreros, reyes de pacotilla, señores de los muertos y criaturas inquietantes, casi siempre con una peana escenográfica incluida y una pose pensada para contar algo por sí sola.
El salto respecto a los 28 mm habituales de mesa se nota en la cara, en las manos y en la textura de la ropa, que aquí ya admiten trabajo de pincel fino. Y a la vez sigues pudiendo guardar una colección entera en una vitrina pequeña. Abajo te explicamos cómo aprovechar ese punto medio.
En 35 mm el rostro ocupa el espacio suficiente para marcar cuenca, labio y mentón sin necesidad de lupa, y los volúmenes grandes, como una capa o una armadura, dan sitio para trabajar luces y sombras con transiciones. Son figuras que se montan en pocas piezas y se terminan en un par de sesiones, de modo que funcionan bien como descanso entre proyectos largos.
Cada personaje está esculpido alrededor de una idea: el que acecha, el que celebra, el que aguanta. Decide dónde quieres que mire el ojo del espectador y reserva el color más saturado para esa zona. Si pintas todo con la misma intensidad, la figura pierde la historia que traía.
Casi todas incluyen base escenográfica. Trátala con el mismo cuidado que el personaje, pero con tonos apagados: su trabajo es sostener la mirada, no competir. Un par de texturas y un toque de polvo bastan.
Son colados de resina o impresiones 3D con detalle fino, así que una pasada suave de lima en la línea de unión y un lavado con agua y jabón antes de imprimar marcan la diferencia. Nunca lijes sobre detalle fino sin mirar a contraluz primero.
Si quieres comparar esta altura con las escalas proporcionales, lo tienes ordenado en figuras para maquetas: 35 mm queda justo entre la miniatura de juego y la figura de 54 mm.