Doce centímetros son la frontera en la que pintar una figura se parece a pintar un retrato. A esta altura, equivalente a una escala en torno a 1/15 según dónde mida el escultor, el ojo lleva iris, la tela tiene trama y la piel admite el tono cálido de una mejilla frente al frío de una sien. Lo que encontrarás aquí son, sobre todo, personajes civiles de corte elegante, cada uno con su propio carácter, y junto a ellos un par de figuras de soldado de la Segunda Guerra Mundial.
Son piezas de resina de varias partes, pensadas para exponerse solas. Verás también alguna referencia en 105 mm, que conviene tener en cuenta si piensas montar un conjunto de dos figuras. Más abajo te explicamos para quién tiene sentido este tamaño y cómo abordarlo.
No es una escala para llenar vitrinas, sino para terminar una pieza al año y mirarla mucho. Si disfrutas de la mezcla de colores, de las veladuras y de las transiciones largas, los 120 mm te lo devuelven todo multiplicado. Si lo que te gusta es montar escenas con vehículos y varios personajes, esta medida se te va a quedar incómoda: dos figuras ocupan media estantería.
Las piezas grandes exigen espigas de alambre en brazos, piernas y cuello, masilla en las juntas y un lijado paciente. Dedica una sesión entera al montaje y la prueba en seco antes de pensar en pintura: una vez pintada, cualquier corrección estructural es un desastre.
Olvida cubrir de una pasada. Capas muy diluidas, dejando secar entre ellas, y el color se construye solo. En la tela conviene decidir desde el principio si la luz viene de arriba o de un lado, y mantenerla igual en toda la figura, pliegue a pliegue.
El contraste entre mate y satinado define los materiales mejor que el color: piel con un ligero satinado, lana completamente mate, cuero con un brillo contenido en los cantos. Es un recurso de poco esfuerzo y mucho efecto.
Si todavía no tienes claro si quieres llegar tan arriba, en figuras para maquetas puedes comparar esta altura con los 54 y los 75 mm antes de decidirte.